
Hará como doce años conocí a un hombre algo curioso. Acababa de comprarse un coche que me describió con todo lujo de detalles. Tenía de esto y de aquello otro, no le faltaba de nada al coche. En un momento dado, le pregunté: “Oye, ¿y de qué color es?“ “Ay, pues… – se quedó pensando y tardó un par de segundos en reaccionar – Verde, me parece que es verde”.
Al ver mi cara de extrañeza, el buen hombre sonrió y me confesó su forma de pensar. En realidad, a él no le preocupaba la apariencia exterior del vehículo. Hombre, no se hubiera comprado un coche que considerara rematadamente feo, pero en cuanto al color… ¿qué más le daba? “Al final, cuando voy conduciendo el color lo ve la gente que hay en la calle, no yo”, me dijo.
Con el correr de los años, me doy cuenta de que la mayoría de nosotros elegimos y compramos nuestros coches dando por supuesto que la pintura que los cubrirá será en muchas ocasiones de un color concreto y desde luego metalizada. Y esto último se paga, no sólo en el concesionario, sino a lo largo de la vida del vehículo.
Me surge la duda: ¿Es necesario tener pintura metalizada en el coche?
