
Es la impresión que tenemos muchos de nosotros una vez que entramos en una oficina bancaria. Y esta impresión se ve reforzada por la constitución de una hipoteca en dicha entidad. Nos convertimos en clientes vitalicios de las entidades, lo mismo que cuando pasamos por el altar.
Y lo mismo que en los altares, también nos podemos divorciar de las entidades financieras. El procedimiento es muy simple y la filosofia a poner en práctica es muy sencilla: Yo soy el cliente, este producto no me interesa porque la competencia me lo da en mejores condiciones y lo contrato con él.
